Lo que piensas en el metro tu primera noche sola en Madrid

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Recuerdo la primera vez que quise estudiar en España. Leía “Marina” de Carlos Ruiz Zafón y me enamoré tanto del libro que me enamoré de Barcelona también. Semanas antes, en la noche de Año Nuevo, mi hermana me había enviado un mensaje de texto diciéndome: “tienes que leerlo, la protagonista es como tú!”. Me lo creí y al leerlo comprobé que era cierto. Entonces, esta idea se metió en mi cabeza y ya nunca pude desprenderme de ella.
Recuerdo que en ese tiempo pensaba que llegaría a Barcelona y tal vez nunca me iría.
No tendría motivos.

Estoy completamente segura de que hice todo esto sin pensar.
Nunca pensé seriamente que haría si me aceptaban en la universidad, y nunca pensé que haría al regresar. Supongo que, para alguien como yo, está bien. La única manera de salirnos de nuestra zona de confort es así, con un salto, literal, al vacío. Recuerdo el día que me preinscribí, completamente convencida de que no me aceptarían. Recuerdo el día que publicaron los resultados, cuando a la 1am (hora de México) decidí checar las listas sólo para no dormir con esa curiosidad. Recuerdo que no pude creer cuando vi la palabra “admitido” cuatro veces. Sé que aún ahora no puedo creerlo.

“Cree más en ti.
Exígete menos.
Disfruta más “.
Alguien me dijo.

Durango es una ciudad chiquita y como tal, todo lleva irremediablemente una sensación de estar en casa, incluso para los turistas. Madrid me hace sentir diminuta. No es sólo que estoy asustada, es que estoy terriblemente intimidada. ¿Cómo se le hace para creer en uno mismo con esos sentimientos de por medio?

Cosas para agradecer:
1.- No terminé en lista de espera.
2.- Lo tengo “todo”, como alguien también me dijo.
3.- Terminé en el lugar con la gente más amable de Madrid.

Me aferro a lo que Leila Guerriero y Cristina Rivera Garza dicen acerca de los viajes y las despedidas: son necesarios para crecer. Sé que desde ahora ya no soy la misma, sé que regresaré y miraré a México de una forma distinta, sé que debo desprenderme y dejarme ir. Pero aún no sé cómo llegar a una calle o café o estación nueva sin sentirme culpable por todo lo que voy dejando atrás. La parte difícil no es la despedida en el aeropuerto, son todas las primeras veces que una ciudad guarda.

Tengo a Leonora Carrington, José Saramago, Francisco Goldman, Aura Estrada y Valeria Luiselli en una repisa junto a mi cama. Marina y Óscar también están ahí. Desprenderse es doloroso: es como si un hueco se abriera en el instante en que los pedacitos de mí van cayendo. No soy la misma que quiso vivir en Barcelona al leer por primera vez a Ruiz Zafón. Tampoco la que quiso ser periodista, o escritora. Mi vida, la que se quedó en Durango, no era la que pensaba que sería. No sé a dónde me llevará esto, pero leo, lloro un poco, escribo y camino para descubrirlo.

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El encuentro amoroso de Los insólitos peces gato

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En “El libro perdido y hallado en el tiempo”, texto que sirve como prólogo de “Claraboya”, novela de José Saramago, Pilar del Río escribe que la literatura del escritor portugués está habitada por personajes masculinos que “necesitan del encuentro amoroso para romper, siempre de forma momentánea, su forma concentrada e introvertida de estar en el mundo”.

En “Los insólitos peces gato”, ópera prima de Claudia Sainte-Luce, también hay un encuentro amoroso que rompe, desgarra, el mundo en grises de un personaje, sólo que es femenino, y es para siempre.

Su nombre es Claudia, y un hospital es el epicentro del encuentro amoroso que cambia su vida y a cambio le entrega un vocho amarillo que transporta a Martha, Alejandra, Wendy, Mariana y Armando, su nueva familia.

1.- Los miembros de las familias de los peces gato viven todos juntos. Todos.

2.- Claudia Sainte-Luce realmente conoció a Martha.

3.- Wendy Guillén se interpreta a sí misma porque en esta película todos los personajes son reales, incluido el vocho amarillo.

Claudia (Ximena Ayala), muy solitaria, en sus veintitantos, conoce a Martha (Lisa Owen), en un hospital al que ambas llegaron por razones completamente distintas: Claudia tiene apendicitis. Martha tiene SIDA. El hospital también funciona para trazar las primeras imágenes de los hijos de Martha: una familia llena de personalidades extravagantes que no parecen tener nada en común: una pasea con un atrapasueños, otro se esconde bajo la cama.

Al avanzar la película, el espectador descubre que son hijos de padres diferentes y que, en efecto, lo único que tienen en común es a Martha, y posteriormente a Claudia. Alejandra (Sonia Franco), de temperamento duro, es quien lleva las riendas de la casa. A Wendy (Wendy Guillén) lo que realmente le importa son los encuentros espirituales. Mariana (Andrea Baeza) se encuentra en plena adolescencia, con todos los conflictos con su imagen que esto conlleva y un deseo de crecer que a veces la sobrepasa, y Armando (Alejandro Ramírez-Muñoz), tímido pero desenvuelto, quiere saber como es un beso “por dentro”.

Cualquier descripción que se haga de los miembros de la familia nunca les hará justicia. Si bien uno de los grandes aciertos de “Los insólitos peces gato” es la calidad de las interpretaciones, un elenco que otorga la medida justa en cada escena, el delineamiento de los personajes, claro desde los primeros minutos de la película, contribuye a redondear una historia que se cuenta desde quienes la habitan.

Este delineamiento se consolida en la primera comida a la que Claudia es invitada, justo después de abandonar el hospital, y consigue quitarle importancia a la protagonista, en un reflejo de la manera en que ella misma se percibe: la cámara es testigo de una dinámica familiar caótica en la que Claudia, de espaldas al espectador o totalmente fuera de cuadro, con el cabello tapándole el rostro, prácticamente no existe. Alejandra reparte la comida con prisa mientras todos hablan al mismo tiempo, apenas notando que hay una invitada. Martha, al centro, sonríe e intenta comer. Wendy hace preguntas indiscretas, Mariana no quiere comer pan, lo que le gana un “es anoréxica” de sus hermanos, Armando descubre que Claudia escondió la salchicha de su hot dog, porque es vegetariana. Alejandra se molesta. Claudia no encaja.

No encaja. No lo hace con Wendy y menos con Alejandra. Armando es amable con ella y Mariana también, y es justo a través de los dos miembros pequeños de la familia que comienza a formar parte de ella. Porque desde ese día Claudia ya no puede dejar esa casa. Esa casa le regala existencia.

Claudia entra a la familia como la pequeña parte que le faltaba. Ellos la llenan de vida mientras ella se vuelve un apoyo, el engrane que logra unir las soledades de cada personaje, porque todos los hijos, aún más el severo, excéntrico o superficial, tienen un punto de quiebre: tendencias autodestructivas, inseguridades propias de la edad, un corazón roto, un profundo temor a la muerte de la madre. Y Claudia es quien lo descubre.

Si hay que elegir un personaje para destacarlo ese sería, sin duda alguna, Martha. Martha, a través de una excelente interpretación de Lisa Owen que le valió la Diosa de Plata Silvia Derbez a Mejor Coactuación Femenina (“Los insólitos peces gato” se llevó el premio a la Mejor Película), escapa al tipo de mamás normalmente presentadas en el cine mexicano, y ni siquiera un contagio de VIH por el último de sus esposos la arroja al papel de víctima.

Su actitud con sus hijos es ligera, deja las decisiones importantes a Alejandra, disimula lo más que puede su enfermedad y planea unas vacaciones espontáneas cuando aún está en el hospital. Su comida favorita, lo que más disfruta, son los Ruffles verdes. Al final, frente a la pantalla, uno entiende que su actitud es el mejor regalo: no pretende chantajear emocionalmente a sus hijos, provocarles más dolor o heredarles culpas. Martha les regala el poder de continuar con su vida con la certeza de que podrán hacerlo. Y ese regalo también alcanza a Claudia.

A partir de una experiencia personal, que ha conquistado a diversos públicos en su paso por festivales alrededor del mundo, Claudia Sainte-Luce, con la fotografía de Agnès Godard y la dirección de arte de Bárbara Enríquez, creó una película que se enfoca más en los estados de ánimo que en las acciones. Esto le concede un ritmo que se equilibra con astucia entre lo emotivo y el humor negro, con el sabor agridulce que resulta de saber que Martha camina irremediablemente hacia la muerte, pero con las ganas suficientes de regalarle las ganas de vivir a una mujer, perdida y sola desde los 2 años, que finalmente encuentra un lugar para existir ¿La moraleja de la película? Rescato esta: “los suspiros son señal de que necesitas un poco más de aire para respirar”.

Publicado en Revista Cinéfagos.

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Si la obra de Christian Saucedo no fuera lo que es…

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Fotografía de Christian Saucedo

Si la música de Silvestre Revueltas fuera agua, sería como una ola que se estrella contra el cuerpo de quien escucha, se retira con delicadeza y regresa, en un último movimiento, lleno de toda la fuerza de la naturaleza.
Si la obra de Christian Saucedo no fuera lo que es, sería un arrebato o una fábula, una historia contada entre el espacio, la materia y el tiempo.
“Tempogeometrías uno. Redes”, de Christian Saucedo, es la instalación temporal con la que finalizó el Quinto Festival de Cine Mexicano de Durango en el 2013, una obra inspirada en la música de Silvestre Revueltas para la película “Redes”, que suspendida sobre el escenario, vibra, palpita y se transforma al ritmo de la melodía, que a ratos parece que se llena de líquido y en otro instante se desborda, que se llena de luz como el Teatro Victoria se llenó de música, y se llenó de cine durante cinco días.

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Tocar el cielo

¿CÓMO SE PUEDE TENER UN FRAGMENTO DE CIELO EN LA TIERRA?

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Fotografía de Christian Saucedo

Martín Saucedo era uno de esos hombres que aman el lugar en donde nacen. No sólo lo caminan o lo mencionan como un dato, no se limitan a tenerlo en su acta de nacimiento o frente a sus ojos en sus recorridos diarios al trabajo. Lo aman.
Saucedo se levantaba temprano los 8 de julio.
Se levantaba temprano porque asistía a las lecturas del Bando Solemne en la Plaza de Armas, para celebrar los aniversarios de la fundación de Durango, uno tras otro. Y Martín Saucedo llevaba a su nieto Christian con él. Ese niño creció con la firme idea de que era necesario algo que le recordara a los duranguenses que en esa esquina, la esquina sur-oriente de la Plaza de Armas, había nacido Durango. Y así, a través de muchos años, de muchos proyectos, con la ayuda de muchas personas, ese niño fue capaz de arrancar un pedazo de cielo para guardarlo en ese lugar, como un regalo para su abuelo, y para todos los que deseen tocarlo.
“In.Situ. Fundación 1563” es la obra emblemática del aniversario 450 de Durango. Y fue creada por Christian Saucedo.

Leyenda y creación
Hace un año, Saucedo empezó a experimentar con espejos, movido por un trabajo de investigación sobre la leyenda de Arquímedes y los espejos ustorios que utilizó para defender Siracusa: “él hizo unos enormes escudos cóncavos para reflejar el sol, y a través de ese punto hacer una concentración de luz y hundir los barcos enemigos que se acercaban a la ciudad”. Esos experimentos se convirtieron en un proyecto que propuso al Comité del 450 Aniversario de Durango, en recuerdo de esos días en que acompañaba a su abuelo a la lectura del Bando Solemne: “yo decía “es que aquí es algo importante para Durango”, entonces tal vez fue como un decreto, el estar pidiendo esa esquina en mi memoria. Tuvieron que pasar muchos años, tener una trayectoria sólida como artista, y una experiencia en el arte espacio para tener la posibilidad y el honor de intervenir esa esquina”.
Así, con esa necesidad de crear algo físico que recordara a los duranguenses el lugar exacto en donde, según la tradición, empezó a trazarse la ciudad, surgió la idea: una pieza limpia, que respetara el espacio en el que se encuentra y al mismo tiempo, jugara con él. Un espejo que reflejara el cielo de Durango.
Para convertir los espejos utilizados en sus maquetas en una obra de dimensiones mayores, Christian tenía tres opciones: cristal, acero cromado y acero inoxidable, que después de analizar los pros y los contras de cada uno, fue la opción ganadora. De esa manera, después de juntar dos hojas de acero, cortarlas, embutirlas y pulirlas por diez días, durante ocho horas seguidas, la pieza se convirtió en un espejo gigante, de 2.02 metros de diámetro, y 18 centímetros de alto.
Así nació “In. Situ. Fundación 1563”.

In. Situ.
“In. Situ” es una composición de palabras en latín que significa “En el sitio”. Si bien en sus primeros experimentos Saucedo utilizó espejos cóncavos y convexos, después de muchos días de analizar el lugar, la arquitectura y a las personas que recorrían la plaza, decidió que “In. Situ” fuera convexo: “esa forma te mete, mete todo lo que esté alrededor, así esté muy alejado lo concentra ahí”. “In. Situ” representa realmente el centro de Durango, de su origen, de los trazos de la ciudad. “Es como cuando una gota de agua cae en un tanque tranquilo, empieza a generar ondas, y el centro siempre es el que prevalece”. Para Christian, un espejo convexo le permitiría concentrar los edificios, las personas y al cielo en un solo punto: “es paradójico que ahora tengas que ver al piso para ver el cielo, y que si tocas la pieza, pues también tocas el cielo, no en la forma religiosa, sino tal vez en la espiritualidad”.
Christian Saucedo está acostumbrado a trabajar con lo efímero. Con obras temporales que permanecen sólo en fotografías y en la memoria. Pero “In. Situ” se queda. ¿Esto lo vuelve diferente al resto de sus trabajos? “en la materia queda la pieza, pero el discurso visual que se va a crear siempre va a ser distinto. Nunca van a ser los mismos tiempos, nunca van a ser los mismos cielos, las mismas formas de las nubes, nunca va a ser el mismo sol que nos refleje, incluso nosotros, nunca va a ser la misma cara. Va a pasar el tiempo y nuestro rostro, como un espejo, va a cambiar y la pieza nos va a enseñar esa reflexión física de cómo vamos transformándonos y también como se va transformando el espacio que la acoge”. Así, el tiempo será quien le otorgue la personalidad a “In. Situ”, que cambiará y se desgastará con el paso del tiempo, de la misma manera que lo hace un ser humano a lo largo de su vida.
La pluralidad de lecturas también es un elemento clave en las instalaciones de Christian Saucedo, y es probable que “In. Situ” sea lo que mejor se adapte a este aspecto: “desde un lugar, en un momento, en un espacio, nadie va a ver lo mismo, siempre va a ser diferente. Va a reflejar los cielos de la primavera, del invierno, va a ver llover sobre ella, las tormentas, va a envolver los rayos de luz, todo va a ser casi como si fuera un cinematógrafo, que sólo vea pasar el tiempo y no lo detenga. Esa es la magia que la envuelve y le da vida”.

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Nostalgia

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“La nostalgia no es siempre nostalgia de un pretérito. Existen lugares que nos producen nostalgia por adelantado. Lugares que sabemos perdidos en cuanto los encontramos; lugares en donde nos sabemos más felices de lo que jamás seremos después. En estos parajes el alma se desdobla como en un simulacro voluntario para mirar su presente en retrospectiva. Como un ojo que se mira a sí mismo mirar desde un después, el ojo mira de lejos su presente y lo anhela”.
Dos calles y una banqueta”.
Valeria Luiselli.

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Coral Bonelli, una construcción de ficciones

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En un principio, era “Pinolito”.
Cabello abundante y mirada retadora. El niño es el pequeño rostro, lleno de tierra, que acompaña a Katy Jurado y se asoma detrás de cada puerta, de cada escritorio, en silencio o con lágrimas que le contraen el rostro, en “Caridad”, un cortometraje de Jorge Fons que fue parte de “Fe, esperanza y caridad”, la entrada de Fernando García Ortega al mundo del cine, en una época en la que convivió con figuras como Sara García, Julio Aldama, Anthony Quinn.
Hoy, de Pinolito, de Fernando, no queda nada.
“Coral es muy diferente. Pinolito ya no existe, pero hay muchas cosas que no se pueden olvidar: la primera vez que me paré en una carpa, cuando me aplaudieron, que mi primer sueldo fueron 15 pesos que me gané, las películas que me dieron prestigio en esa época… eso no se puede olvidar”.
La voz al otro lado del teléfono es Coral Bonelli. Alta, rubia, con la mirada retadora y sonrisa traviesa que pertenecían a Fernando y que formaron parte del cine mexicano durante la década de los 70. Ella, “una chica trans”, es la protagonista de Quebranto, un documental de Roberto Fiesco que aborda su vida y la de Doña Lilia Ortega, su mamá, desde aquellos días en los que imitaba a Raphael, cuando era estrella de cine infantil, y desde que decidió que Pinolito fuera sólo un recuerdo colgado de las paredes de su casa en Garibaldi, y ahora sea Coral Bonelli quien baña “a la Bombón”, prepara la comida y sí, aún acompaña al mercado a su madre.
Raphael
Cuando era niño, a Fernando le gustaba acompañar a Doña Lilia al mercado. En “Quebranto”, ella explica que gracias a que sorpresivamente Fernando comenzó a quedarse en casa, fue que descubrió que aprovechaba esos momentos de soledad para imitar a Raphael. Lo escuchaba en una consola, y luego pagaba cinco centavos para que el vecino le permitiera verlo en la televisión.
Raphael fue el primer cambio en su vida. A los cuatro años empezó a trabajar como fonomímico en las carpas, teatros de pueblo que presentaban distintos espectáculos por 50 centavos o un peso, hasta que lo llevaron frente a Fons y él decidió que lo quería en “Caridad”. Así comenzó una carrera en cine en la que participó en películas como “El hijo de los pobres” (1975), “Espejismo de la ciudad” (1976) y “El callejón de los milagros”, (1995). Incluso, en Durango filmó “Hermanos del viento” (1977) y “Matar por matar” (1979).
Posteriormente, debido al declive de la industria, especialmente en la década de los 80, Fernando comenzó una carrera de bailarín en el Teatro Blanquita, hasta que un día decidió que era suficiente.
“Yo estaba viendo la tele, y se fue para allá dentro y sale toda vestida de mujer, que ni se sabía pintar, ni sabía caminar, ni nada, y me dijo “desde este momento, soy mujer, quieras tú o no quieras”, explica Doña Lilia en Quebranto.

Coral Bonelli
Ni Vanessa, ni Laura, ni Lupita ni María. Coral Bonelli.
“Yo tuve una amiga muy bonita en una escuela para señoritas, ella se llamaba Coral Reyes y me gustaba su nombre, se parecía a Lucía Méndez y yo soy fan de ella, entonces cuando empecé en el ambiente gay dije ‘voy a buscar un nombre que no sea muy común’ y me acordé”.
Coral Bonelli fue el cambio definitivo. “Yo ya me había aburrido, tenía una losa muy pesada en mí, es muy difícil estarle mintiendo a mi familia, a la persona que vive contigo. Entonces es mejor parar en seco y mostrarse al mundo tal y como eres”.
Si bien es cierto que a partir de ahí sus oportunidades de trabajo disminuyeron, lo dice en Quebranto y lo repite en entrevista: lo más importante que le ha dado Coral es ser ella misma. “Vivir mi propia vida, mi propio mundo, imaginar que estoy haciendo una película donde yo soy la protagonista”.
Sin embargo, ha tenido que enfrentarse principalmente a dos problemas: “México tiene mucho machismo aún, todavía ven un hombre con tacones y se espantan, para ellos es una aberración y es muy difícil para uno soportar ese tipo de agresiones, de discriminaciones. He parado a mucha gente en la calle para decir ‘espérate, el problema eres tú, que no respetas a la gente, y aquí te digo una cosa, el más hombre soy yo”. Y también, el rechazo de una sociedad que no consigue verlos como “normales”: “somos como toda la gente, no por ser ‘vestidas’ vamos a dejar de hacer lo que alguien ‘normal’ logra, tenemos licenciados, maestros, doctores, presidentes, políticos… Sólo que unos tenemos la fortuna de haber salido del closet y otros todavía se quedan ahí”.

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140 caracteres

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Este año fui seleccionada para participar en el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes “Jesús Gardea” en Chihuahua, Chihuahua. Para las redes sociales del encuentro, nos pidieron describir la literatura y lo que representa para nosotros en 140 caracteres. Esto fue lo que escribí:

“Cuando era niña, un mundo comenzó a habitarme al anochecer. Leo para que siempre crezca. Escribo porque me obsesiona perderme en él”.

¿Qué es la literatura para ti?

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