De todas las vidas posibles

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Escribí esto cuando aún estaba en México y en ese momento, más allá de ser un trámite que al final decidí no realizar, me sirvió para aclarar mis ideas. Ahora, meses después, es un pedacito de esa niña -soñadora- a la que siempre me aferro. Los sueños me vuelven valiente, me impiden mirar atrás. Esta carta, que terminó siendo para mí, produce el mismo efecto.

La locura de Alonso Quijano

A los 17 años, convencida de que quería ser escritora, fui por primera vez al Coloquio Cervantino Internacional, en Guanajuato, México. Conocía a Cervantes de la misma manera que a Dickens o a Shakespeare, como resultado de haber crecido siendo ante todo lectora. Sabía quién era el Quijote. Sabía que quería estudiar letras porque amaba la literatura. Sabía del poder y alcance de las palabras, de la lengua española. Al menos, eso creía.

Una de las primeras ponencias que escuché fue “El Quijote y El Coloquio de los Perros. Origen inconsciente del psicoanálisis”, por Carlos Chávez. A grandes rasgos, Chávez hablaba sobre la manera en que Freud desarrolló el psicoanálisis basado en la lectura de dichas obras: por una parte, comprendió que Alonso Quijano “curó” su locura a fuerza de hablarla con Sancho; por otra, El Coloquio de los Perros tuvo una influencia tan grande en él, que intercambiaba cartas con Eduard Silberstein en donde adoptaban los nombres de Cipión y Berganza.

La ponencia cerraba así: “Don Quijote posee la sabiduría más profunda y los propósitos más nobles, porque, como escribió Luis Nueda: ‘cuando le domina la locura, su locura es la más sublime de las locuras, puesto que es la locura de sentirse redentor y amparador de todos los desvalidos, de todos los menesterosos, de todos los tristes y perseguidos. Y aunque esa locura, en su manifestación, no fuese, como es, la más divina, siempre sería, en su raíz, la más auténticamente humana. En síntesis, porque cuando Don Quijote cerró los ojos, la humanidad abrió los suyos, maravillada”.

El Teatro Juárez estalló en aplausos y yo, sentada en una de las filas centrales, lo comprendí todo. Supe que no quería estudiar letras sólo porque las amara, sino para tener la posibilidad de leer de una manera completamente diferente, de escribir no sólo de los mundos que habitaban mi cabeza, sino de explorar aquellos universos creados siglos antes de que yo naciera, leerlos para analizar lo maravillosamente pequeña que soy ante ellos, y contribuir con granitos de arena a su crecimiento eterno. Supe que Carlos Chávez y su visión del Quijote me habían hecho perder mi condición de lectora ingenua, y que intentar regresar sería un error.

De todas las vidas posibles, elegí la que las palabras me ofrecían. Estudié periodismo porque la literatura, en uno de sus caprichos, me permitió acercarme a historias que sólo podían contarse desde el rigor de la verdad, a personajes con un mundo tan particular que hubiera sido un error presentarlos desde la ficción. La literatura y el periodismo han encontrado cada uno su lugar, compartiendo recursos que me permiten experimentar en sus múltiples géneros, como parte de esa permanente y utópica búsqueda de “un estilo personal”.

El tiempo para estudiar comunicación terminó en diciembre de 2013. Nunca tuve duda alguna de que el siguiente paso era la literatura. Don Quijote y el Coloquio, los cervantistas españoles, alimentaron desde aquel 2008 la certeza de que hay muchos aprendizajes que sólo se alcanzan en comunión con los libros. Esta nueva etapa no es más que un paso que  me acerca a la posibilidad de, por primera vez, estudiar a autores españoles e hispanoamericanos que como Cervantes, quebraron mi estado de lectora inocente para prestarme toda su malicia, para leer y escribir hasta agotar mi curiosidad sobre el alcance de un libro en la cultura contemporánea, sobre la riqueza infinita de sus contenidos, y compartirla para que sus lecturas sean cada vez más múltiples.

Tenía 17 años cuando la locura de Alonso Quijano me alcanzó para sacudirme, y yo, como muchos antes de mí, abrí los ojos, maravillada. Nunca he mirado atrás.

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Acerca de sncalderon

Érase una vez una princesa que quería ser escritora.
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7 respuestas a De todas las vidas posibles

  1. Bren Matûk dijo:

    Aeee Nicté, me encanta como escribes 🙂

  2. JM dijo:

    Estas donde tienes que estar. Tienes un gran talento y amas lo que haces. Gracias por regalarnos estos pequeños fragmentos de ti 😀

  3. Marisol C. dijo:

    Está tan bonito que no sé qué escribir.

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