El encuentro amoroso de Los insólitos peces gato

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En “El libro perdido y hallado en el tiempo”, texto que sirve como prólogo de “Claraboya”, novela de José Saramago, Pilar del Río escribe que la literatura del escritor portugués está habitada por personajes masculinos que “necesitan del encuentro amoroso para romper, siempre de forma momentánea, su forma concentrada e introvertida de estar en el mundo”.

En “Los insólitos peces gato”, ópera prima de Claudia Sainte-Luce, también hay un encuentro amoroso que rompe, desgarra, el mundo en grises de un personaje, sólo que es femenino, y es para siempre.

Su nombre es Claudia, y un hospital es el epicentro del encuentro amoroso que cambia su vida y a cambio le entrega un vocho amarillo que transporta a Martha, Alejandra, Wendy, Mariana y Armando, su nueva familia.

1.- Los miembros de las familias de los peces gato viven todos juntos. Todos.

2.- Claudia Sainte-Luce realmente conoció a Martha.

3.- Wendy Guillén se interpreta a sí misma porque en esta película todos los personajes son reales, incluido el vocho amarillo.

Claudia (Ximena Ayala), muy solitaria, en sus veintitantos, conoce a Martha (Lisa Owen), en un hospital al que ambas llegaron por razones completamente distintas: Claudia tiene apendicitis. Martha tiene SIDA. El hospital también funciona para trazar las primeras imágenes de los hijos de Martha: una familia llena de personalidades extravagantes que no parecen tener nada en común: una pasea con un atrapasueños, otro se esconde bajo la cama.

Al avanzar la película, el espectador descubre que son hijos de padres diferentes y que, en efecto, lo único que tienen en común es a Martha, y posteriormente a Claudia. Alejandra (Sonia Franco), de temperamento duro, es quien lleva las riendas de la casa. A Wendy (Wendy Guillén) lo que realmente le importa son los encuentros espirituales. Mariana (Andrea Baeza) se encuentra en plena adolescencia, con todos los conflictos con su imagen que esto conlleva y un deseo de crecer que a veces la sobrepasa, y Armando (Alejandro Ramírez-Muñoz), tímido pero desenvuelto, quiere saber como es un beso “por dentro”.

Cualquier descripción que se haga de los miembros de la familia nunca les hará justicia. Si bien uno de los grandes aciertos de “Los insólitos peces gato” es la calidad de las interpretaciones, un elenco que otorga la medida justa en cada escena, el delineamiento de los personajes, claro desde los primeros minutos de la película, contribuye a redondear una historia que se cuenta desde quienes la habitan.

Este delineamiento se consolida en la primera comida a la que Claudia es invitada, justo después de abandonar el hospital, y consigue quitarle importancia a la protagonista, en un reflejo de la manera en que ella misma se percibe: la cámara es testigo de una dinámica familiar caótica en la que Claudia, de espaldas al espectador o totalmente fuera de cuadro, con el cabello tapándole el rostro, prácticamente no existe. Alejandra reparte la comida con prisa mientras todos hablan al mismo tiempo, apenas notando que hay una invitada. Martha, al centro, sonríe e intenta comer. Wendy hace preguntas indiscretas, Mariana no quiere comer pan, lo que le gana un “es anoréxica” de sus hermanos, Armando descubre que Claudia escondió la salchicha de su hot dog, porque es vegetariana. Alejandra se molesta. Claudia no encaja.

No encaja. No lo hace con Wendy y menos con Alejandra. Armando es amable con ella y Mariana también, y es justo a través de los dos miembros pequeños de la familia que comienza a formar parte de ella. Porque desde ese día Claudia ya no puede dejar esa casa. Esa casa le regala existencia.

Claudia entra a la familia como la pequeña parte que le faltaba. Ellos la llenan de vida mientras ella se vuelve un apoyo, el engrane que logra unir las soledades de cada personaje, porque todos los hijos, aún más el severo, excéntrico o superficial, tienen un punto de quiebre: tendencias autodestructivas, inseguridades propias de la edad, un corazón roto, un profundo temor a la muerte de la madre. Y Claudia es quien lo descubre.

Si hay que elegir un personaje para destacarlo ese sería, sin duda alguna, Martha. Martha, a través de una excelente interpretación de Lisa Owen que le valió la Diosa de Plata Silvia Derbez a Mejor Coactuación Femenina (“Los insólitos peces gato” se llevó el premio a la Mejor Película), escapa al tipo de mamás normalmente presentadas en el cine mexicano, y ni siquiera un contagio de VIH por el último de sus esposos la arroja al papel de víctima.

Su actitud con sus hijos es ligera, deja las decisiones importantes a Alejandra, disimula lo más que puede su enfermedad y planea unas vacaciones espontáneas cuando aún está en el hospital. Su comida favorita, lo que más disfruta, son los Ruffles verdes. Al final, frente a la pantalla, uno entiende que su actitud es el mejor regalo: no pretende chantajear emocionalmente a sus hijos, provocarles más dolor o heredarles culpas. Martha les regala el poder de continuar con su vida con la certeza de que podrán hacerlo. Y ese regalo también alcanza a Claudia.

A partir de una experiencia personal, que ha conquistado a diversos públicos en su paso por festivales alrededor del mundo, Claudia Sainte-Luce, con la fotografía de Agnès Godard y la dirección de arte de Bárbara Enríquez, creó una película que se enfoca más en los estados de ánimo que en las acciones. Esto le concede un ritmo que se equilibra con astucia entre lo emotivo y el humor negro, con el sabor agridulce que resulta de saber que Martha camina irremediablemente hacia la muerte, pero con las ganas suficientes de regalarle las ganas de vivir a una mujer, perdida y sola desde los 2 años, que finalmente encuentra un lugar para existir ¿La moraleja de la película? Rescato esta: “los suspiros son señal de que necesitas un poco más de aire para respirar”.

Publicado en Revista Cinéfagos.

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Acerca de sncalderon

Érase una vez una princesa que quería ser escritora.
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