La construcción del silencio

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Al día siguiente no murió nadie, declaró José Saramago en el círculo perfecto de “Las intermitencias de la muerte”, esa novela que es un caos que sólo el amor resuelve. De alguna manera, siempre esperé que esa suerte de inmortalidad alcanzara al escritor. En uno de los actos más egoístas de mi vida, sobre Saramago siempre escribo en primera persona. Su muerte, como a muchos, me pesó como si fuera un miembro más de mi familia, porque en cierta forma, los escritores que adoptamos siempre lo son.

Ese 18 de junio, en otro momento egoísta, antes de pensar en lo que sería de Pilar del Río, o de Camoes, pensé en lo que nos esperaría sin esa visión casi cervantina del mundo. Sin sus historias construidas a través de un modelo inventado y dominado sólo por él. Nadie sabía, en esos momentos, que la primera de sus novelas era una promesa oculta, la última en publicarse, el círculo perfecto.

En “Las intermitencias de la muerte”, muerte –con minúscula, siempre- decide dejar de matar para que los hombres entiendan que su deseo de inmortalidad no sería tan agradable como imaginan. Al volver, se toma la consideración de enviar una carta una semana antes del fallecimiento de cada persona para que, sobre aviso, pidan las disculpas necesarias, escriban los testamentos y lleven a cabo todas las despedidas que deseen. Si bien este nuevo sistema no resulta del todo adecuado, sucede algo que ni la propia muerte esperaba: una carta se rehúsa a ser enviada. Y no sólo eso, el destinatario se atreve a cumplir un año más de lo debido.

Fuera de la ficción, poco tiempo después del fallecimiento de Saramago, se anunció la publicación de una nueva novela: Claraboya. La novela que se suponía nunca sería publicada. La carta de la muerte que debía llegar, y nunca llegó.

La historia es ya conocida: Saramago, de menos de treinta años, envío el manuscrito a una editorial que jamás respondió si publicaría o no su obra, hasta décadas después, cuando el escritor decidió no sólo no publicarla, sino dejarla olvidada sin siquiera revisarla. El silencio de la editorial lo sumió en su propio silencio. Un silencio que duró décadas.

Pero todas las puertas tarde o temprano se abren. Y Claraboya llegó, para ser no sólo una ventana a las almas de los personajes que la habitan, sino a la vida del joven escritor que llegaría a ser José Saramago.

Claraboya se construye poco a poco. Si bien su estructura es diferente a la que Saramago desarrollaría a lo largo de su carrera, desde los primeros párrafos asoma esa voz clara y lúcida que se volvió otra de sus características. Sus divagaciones, sus personajes, nacieron en Claraboya y se quedaron para siempre.

Silvestre, un humilde zapatero, es el primero en aparecer. La mirada sube y nos lleva a través de las ventanas de un edificio que se vuelve transparente a través de las páginas, con una narración cargada de puntos precisos e incluso guiones, diferente pero familiar, como un amigo de esos que conoces un día y sientes que has hablado con él desde siempre. Así, entramos a la vida de Isaura, de Carmen, de Justina, de Emilio. Todos cargados de las personalidades características del escritor portugués.

A Claraboya la habitan las mujeres de Saramago. De vidas dolorosas, calladas, con una fuerza interior que sorprende y encanta. A Claraboya también la habitan los hombres de Saramago: solitarios, libres, profundos. Que preguntan, analizan, a través de pocas palabras, soltadas a cuentagotas, y que, como escribe Pilar del Río, “necesitan del encuentro amoroso para romper, siempre de forma momentánea, su forma concentrada e introvertida de estar en el mundo”. Es fácil encontrar los rasgos de quiénes después se convertirían en Caín, José, Jesucristo, Ricardo Reis, y el propio violonchelista de Las Intermitencias de la Muerte.

Esta colección de almas no es más que el retrato de una sociedad entera, de “vidas pequeñitas, sin ventanas al horizonte”, que se perdieron en un error que no pueden perdonarse, como Justina, o que buscan su lugar en el mundo a través de conversaciones profundas, encontradas en el lugar menos esperado, como Abel.

Claraboya se construye alrededor del silencio.

El silencio que rodea a Abel y a Silvestre pero no los toca. Estos dos personajes pueden considerarse como  un vistazo a la juventud y a la vejez de Saramago: Abel, un Fernando Pessoa que camina por el mundo en busca de algo que aún se encuentra un poco entre sombras, que no quiere atarse a nadie, porque, como afirma, “-Soy frágil, créame. Y es la certeza de mi fragilidad la que me hace rehuir los lazos. Si me entrego, si me dejo prender, estoy perdido”,  “Hasta que un día”, le responde ese viejo zapatero, sabio, un tanto filósofo, que aprendió de la vida a fuerza de vivirla, que tiene la experiencia de los años y no de los caminos recorridos sin sentido. Silvestre abre Claraboya, en un reflejo del abuelo de Saramago, Jerónimo, el hombre más sabio que conoció en su vida, y es también un vistazo a lo que sería su futuro, con esa personalidad entrañable, y enamorado profundamente de su esposa, Mariana, a quién el silencio acompaña por la casa, sin acercarse.

Claraboya es también el silencio que es Emilio y que termina por atraer a Enrique, alejándolo de la necesidad de posesión de Carmen, de su instinto competitivo y casi destructivo. Carmen es ruido y para el pequeño Emilio, el silencio de su padre resulta más atractivo, más placentero.

Diferente al silencio de Justina, que la consume y consume todo a su alrededor. Que como su gato, aprendió el silencio y a él se abandonaba, un silencio en donde la única presencia permitida era el recuerdo de la pequeña Matilde, recordada con dolor, remordimientos y necedad. “El sonido contra la obstinación de la desesperanza y la certeza de la muerte, el silencio contra el desdén de la eternidad”. Justina se abandona ante el silencio.

El silencio es el motor del edificio, en lucha constante contra el sonido, que protagoniza a ratos a modo de Beethoven, en la casa de las cuatro mujeres antes de rendirse, pues “la música corría libremente en el silencio y el silencio la recibía en sus labios mudos. La sinfonía, como un río que baja de la montaña, inunda la llanura y se adentra en el mar, acabó en la profundidad del silencio”. Estos elementos, y los que faltan por nombrarse, son la prueba de que Claraboya es, cito a Pilar del Río “no es cerrar una puerta, por el contrario, es abrirla de forma rotunda, de par en par, para volver a leer la obra con la luz y la perspectiva de lo que el escritor, cuando joven, ya venía diciendo. Claraboya es la puerta de entrada a Saramago y será un descubrimiento para cada lector. Como si un círculo perfecto se cerrara. Como si la muerte no existiera”.

Al día siguiente no murió nadie, y la muerte, enamorada del violonchelista, se abrazaba a él para dormir por primera vez en su vida. Ese violonchelista solitario, acompañado de su perro y nada más que se volvió intocable. Claraboya es la manera en la que Saramago se convierte en el violonchelista, es su manera de ganarle a la muerte.

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Acerca de sncalderon

Érase una vez una princesa que quería ser escritora.
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2 respuestas a La construcción del silencio

  1. JM dijo:

    Debo confesar que fue una muy grata sorpresa descubrir Claraboya, la puerta de entrada a Saramago. Pero ya en confesiones, debo decir que me animé a leerlo gracias a este texto, al que cada capítulo le da la razón. Escribes fantástico. Soy tu fan.

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