Kícham: yo soy de aquí

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Cuando el telón se levanta, Durango llena el teatro. La música, la danza, las palabras, se mueven por el escenario para darle vida a algo tan necesario como intangible: la esencia del estado.

Año tras año, Kícham le da voz a la monja de Catedral, al músico que le tocó al diablo, al recuerdo de Francisco Zarco, y retrata el alma de Analco, del Mezquital, de Canatlán. Durante más de veinte años ha reinventado las tradiciones duranguenses desde el arte, y en entrevista, la directora de la Compañía Korián, Elia María Morelos Favela, habla acerca de todo lo que rodea el espectáculo.

Pertenencia de ida y vuelta

Kícham nació gracias al Primer Gran Carnaval de la China Poblana, realizado en Puebla. En ese festival, los integrantes de la Compañía de Arte Escénico Multidisciplinario Korián obtuvieron el primer lugar en el concurso de baile de creación, lo que llamó la atención del entonces Secretario de Educación, Emiliano Hernández Camargo, quien le propuso a Elia María Morelos Favela crear un espectáculo que fortaleciera la identidad duranguense: “Nuestra participación se derivó de una investigación, y descubrimos que habíamos ganado porque presentamos un trabajo totalmente diferente, llevábamos la reproducción de un traje de china poblana que había pertenecido a la esposa de don Valentín Gómez Farías, un telón hecho con papel picado con la imagen de la china poblana, hecho por nosotros, y creamos una canción”.

La primer idea fue realizar un espectáculo que fuera como la Guelaguetza para los oaxaqueños, pero Durango no cuenta con el mismo número de grupos étnicos que Oaxaca, “nos preguntamos ‘¿qué es lo nuestro?’, lo nuestro son nuestros hombres y mujeres ilustres, nuestras tradiciones, nuestras leyendas, los municipios que tienen tanta particularidad maravillosa, los hechos históricos que han conformado la historia de nuestro estado”.

Se crearon los vestuarios, las canciones, la música, las coreografías. Pero se necesitaba un nombre: “todo empieza como un sueño, y uno siempre sueña con dimensiones enormes. Yo quería que el sueño fuera permanente, porque esos son los que realmente trascienden”. Así, Morelos Favela le preguntó a Eliseo Gurrola la manera en que los tepehuanes nombran a su patria: “la palabra ‘Kícham’ es para los tepehuanes el lugar que les pertenece, pero en un sentido de pertenencia doble, de ida y vuelta: esto es mío pero yo soy de aquí. Kícham para ellos va desde su casa, su pequeña ranchería, su pueblo, su municipio, su espacio, no tiene fronteras”.

Desde la leyenda de Sahuatoba

Hace veintiún años se presentó el primer Kícham, con una temática completamente durangueña que hablaba de la Leyenda de Sahuatoba, Silvestre Revueltas, Guadalupe Victoria, la Fuente de las Ranas y la Leyenda de la Monja de Catedral.

“Cuando iniciamos hubo mucha gente que nos decía ‘¿Qué es eso? ¿A quién le importa? Si aquí en Durango no hay nada’, pero nosotros hicimos nuestras canciones, la música, diseñamos el vestuario, y le cantamos a Guadalupe Victoria, o al municipio de Nazas, o a la tradición de los generales en Cuencamé, es nuestra manera de cantarle y darle vida a esas cosas que forman parte de la durangueñeidad”.

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El tiempo, los sonidos y el silencio

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Pedro de la Garza, ícono duranguense, habla sobre los eventos de su vida que se entrelazaron hasta llegar a la presentación de su disco “Rolas de colección”, lanzado en el 2012.

Para 1986, el rock ya era una certeza en su vida. El ritmo era potencia, alimento. Entonces, las letras empezaron a llegar. Se formaron a través de momentos, imágenes, recuerdos, de todo lo que sirviera para transmitir la manera en que veía el mundo a través de sus ojos. Se tejieron igual que su vida: entre viajes, mudanzas y decisiones contundentes. Sin lugar para la duda o el miedo. Veintiséis años después, las letras se abrazaron, por fin, al estudio de grabación.

Se dice que “nadie es profeta en su tierra”, pero las generaciones de admiradores que siguen a Pedro de la Garza rompen está afirmación, y él les corresponde, al construir el legado que los amantes del rock ya conocen.

El camino desde Armstrong

El jazz bajó las escaleras. La música de Louis Armstrong recorría la casa hasta mezclarse en el cuerpo e instalarse en los sentidos de Pedro a sus nueve años. Ese fue el día en que decidió que quería estudiar violín. Así empezó su formación, “aprendí solfeo y a hacer partituras”, cuenta, y durante cinco años, fue solista de trompeta en la orquesta sinfónica del Instituto Francés de La Laguna.

Años después, la arquitectura fue la carrera que eligió estudiar, “Creía que era la carrera más artística, pero veía que mis compañeros se emocionaban cuando nos encargaban un trabajo, y yo los hacía porque tenía que hacerlos.” Estudió tres años, que le sirvieron para comprender a fondo que su vocación era otra, y la había descubierto en su infancia.

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La vida mágica de las criaturas

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Fotografías de José Antonio Rodríguez.

¿Qué representa un títere en Durango?

Era otoño, por la tarde, o un día de verano. Era febrero, agosto o diciembre. Era 1945. 1959. Ó 1962. En la calle, en un teatro, en una escuela.
¿Cómo era el día que “Patolito” decidió ser titiritero?
Esto se sabe: “Patolito” era payaso. Vivía en Santiago Papasquiaro. Trabajaba en el circo “Cosmopolita”. Un día, en Guillermo Prieto, conoció a un titiritero. ¿Quién? Nadie se acuerda, pero ese encuentro lo decidió todo. El Teatro Ambulante de Marionetas de “Patolito” fue el primero del que se tiene registro en todo Durango.
Ariel Bufano, artista argentino, define al títere como “cualquier objeto movido en función dramática”. Sin embargo, para muchos una función de títeres difícilmente se considera teatro, por lo que a ellos tampoco se les considera actores. ¿Cómo ha cambiado esa mirada desde el día que “Patolito” decidió ser titiritero?

Los pioneros
Para hablar de títeres en Durango, es necesario mencionar a tres pilares importantes: Teodoro García Rodríguez, conocido como “Patolito”, es el primero. Rodrigo Brambila Mandujano, cronista duranguense, menciona en el único documento que existe sobre él, que nació en 1939, murió en 2001 y su teatro ambulante se presentó aproximadamente en los años 60’s o 70’s. Así, la historia de los títeres en el estado comienza no en la capital, sino en distintos municipios.
Gracias a una investigación de Ana Laura Herrera Ortega y José Ángel Soto Favela, conocieron a Carmelita de los Santos, una de las primeras titiriteras de la capital, quien empezó a trabajar con un titiritero a quien llamaban “Don Lolo”, durante la década de 1950. Al fallecer, Carmelita de los Santos continuó con sus propias funciones durante aproximadamente 15 años.
El profesor Santos Vega es el tercero. Con una trayectoria que inició en la década de 1970, él, al igual que Carmelita de los Santos, asistió a diversos talleres que impartía la Secretaría de Educación Pública (SEP) para llevar presentaciones a alumnos y maestros.

Trabajo actual
Cuerda Floja es el grupo teatral que en la actualidad, le ha dado un nuevo sentido a títeres y marionetas, al volverlos protagonistas constantes de sus espectáculos. “Martina y los hombres pájaro”, “Post Mortem”, “Peep Show”, “Pasajes de la Mancha”, “Ella actor” y “Alicia en el País de las Maravillas” son sólo algunas de las obras en donde los actores principales están hechos de madera o hule espuma, entre otros materiales, y miden unos cuantos centímetros. La conexión especial, el lenguaje que es posible usar, la capacidad de ilusión y la generosidad del titiritero fueron los elementos que terminaron por convencerlos de incluirlos en sus trabajos teatrales, desde 2005.
Ellos construyen sus propias “criaturas”, tal y como le llaman al títere en Europa. Lo imaginan, le otorgan la identidad, seleccionan el material, lo construyen. ¿Qué es lo más importante en ese proceso? Responder a la pregunta: “¿qué va a hacer?”. Sí sólo moverá la cabeza, si bailará, si hablará, si será un pianista… Sus acciones determinan la construcción, “el títere es un ejercicio de síntesis total”, explica José Ángel, “lo más importante no es que hable, sino lo que va a hacer. Que viva”.

La mística de la sombra
Con todo y la magia que poseen, un títere necesita a alguien que le ayude a moverse, a hablar. El trabajo del titiritero no es solamente una actuación, va mucho más allá. “La mística del titiritero es una transfusión sanguínea, es cuando empiezas a darles vida”.
Al titiritero, se le llama “sombra”. O “ángel”. En esas palabras se resume su papel: “la sombra sigue tus pasos, nunca protagoniza. El ángel es el que está al pendiente de que estés bien, que las cosas funcionen. Es una metáfora que sirve de mucho, técnicamente”, menciona José Ángel. Ana Laura agrega: “cuando están animando los titiriteros, cuando son actores, hay una gran sensación de cederle todo al títere”. Dejar la vanidad de lado, dejar de existir por los minutos que el títere esté en el escenario, para que “la criatura” se lleve los aplausos y la admiración del público. Si además, el titiritero construyó su propio títere, el vínculo es mayor, y se define como una “sensación de dar a luz. Es una relación de ese contacto directo que es parte de ti, porque también te hace a ti como tiritiero”, explica Ana Laura. “La relación entre un titiritero y sus títeres es exactamente igual a la relación de un violinista y un violín”, asegura Soto Favela.

Esto se sabe: “Patolito” era payaso. “Don Lolo”, Carmelita de los Santos y Santos Vega daban funciones principalmente en las escuelas. Cuerda Floja permite que sus títeres protagonicen sus obras. ¿Qué los une con el tiempo como barrera? La certeza de dar vida función tras función, la magia que usa a las manos como herramienta. La “mística del titiritero”. Esto se sabe.

Publicado en El Siglo de Durango.

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Acerca de los hogares que nunca fueron

hiraeth-welsh-homesick-nostalgia-wordTengo una lista de reproducción que se llama “Madrid”. Son sólo cinco canciones que solía escuchar para dormir los primeros meses que pasé en mi habitación de la residencia. No fueron elegidas al azar, eran canciones que me hacían pensar en mí entonces novio-ahora motivo de este post. Canciones que de alguna manera, a la distancia, me transmitían la misma paz que él, me recordaban que todo estaría bien porque él creía en mí. Sé que al leer esto puede sonar como si fuera una adolescente enamorada por primera vez, pero no era así, no era un amor idealizado, todo lo contrario: era un amor que con todos sus defectos me daba una tranquilidad que yo no conocía.

You put your arms around me

and I believe that it’s easier for you to let me go.

Una de esas canciones es “Arms”, de Christina Perri. Recuerdo la noche que le pedí que la escuchara: estábamos en su automóvil, afuera de mi casa. La música surgía de un video de YouTube proyectado en mi celular. Meses después, en Madrid, en el metro, en mis visitas nocturnas al palacio, en Callao, en un columpio de la Plaza de Santo Domingo, me bastaba escuchar “Arms” para saber que todo estaría bien, yo regresaría y estaríamos juntos como antes.

Siempre he sido una niña solitaria. Tal vez por eso también soy terriblemente soñadora. Crecí convencida de que podía conseguir todo lo que quisiera si trabajaba duro para mudarme de país. Primero me imaginaba en Inglaterra. Después en España. No porque no me guste ser mexicana, sino porque nunca sentí que éste fuera mi lugar. Me sentía distinta y eso acarrea inevitablemente un poco de dolor. Pero todo estaría bien cuando pudiera irme lejos. Estaba segura.

Sobre cómo me sentía cuando finalmente me fui ya escribí aquí. Y no sé si fue por estar de nuevo sola o porque me fui sin estar convencida, pero al poco tiempo de estar ahí, estudiando lo que toda mi vida había querido, entendí porque tantas personas hacen del amor su prioridad. Nunca le dije que él era mi hogar porque cometí el error de asumir que tendría todo el tiempo del mundo para hacerlo.

Y luego todo explotó y pasé demasiados días encerrada lamentándome de todo, sin poder leer o escribir, perdiéndome de noches mágicas en la Plaza Mayor. Sé muy bien por qué comencé a pensar que ir a Madrid fue un error, sé que es el tipo de ideas que no se van fácil de mi cabeza, y sé también que Madrid es lo mejor que pudo pasarme, pero aún así desearía que todo siguiera como antes. De paso desearía ser distinta: no querer tantas cosas, no enamorarme tanto de todo, no sentir que el mundo tambalea sólo porque me quedo sin planes. Sé que no puede ser así. Que hay cosas que se rompen y no se pueden remendar (yo incluida). Que si no sintiera tanto ni siquiera hubiera deseado ser escritora y mi área de trabajo sería una muy distinta al periodismo cultural.

Sé que seré esta niña insegura y dramática, con la cabeza en la luna, que se entrega como si de eso dependiera su vida hasta que aprenda a equilibrarme. Sé que voy a seguir tomando decisiones equivocadas mientras siga reaccionando con el corazón y no con la cabeza.
Sé que crecer seguirá doliendo pero de alguna manera hoy todo está bien. No sé cómo, ni siquiera quiero cuestionarlo por miedo a que la paz ficticia se desvanezca antes de tiempo. Sentí que pertenecía al lugar del mundo que era habitado por otra persona, me equivoqué y ahora estoy de nuevo en la búsqueda. “Estamos creciendo y está bien”, le dije hace unos días a una amiga. Creo que por primera vez debería utilizar mis consejos en mi propia vida.

I hope that you see right through my walls.

I hope that you catch me cause I’m already falling.

No sé sanar si no lo escribo.

You put your arms around me and I’m home.

De nuevo no puedo esperar para irme, ni siquiera sé a dónde. Pero ahora ya no voy a tener miedo.

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El mapa existencial de ‘Fenotipo I’

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Un cuadro de Edgar Mendoza es invariablemente una conversación. Si la mirada se detiene en “Lumen”, en “Estación 33”, en cualquiera de sus obras, los personajes, que habitan escenas que confirman, una vez más, que el realismo mágico no es exclusivo de la literatura, entablan una serie de diálogos con el espectador que provocan o responden preguntas, que maravillan o abruman. Como pasa siempre con el arte, uno logra encontrar en él lo que ya se lleva dentro, y Edgar Mendoza despierta esa serena y mágica confianza que dice que sí, que lo que se observa es real.

Las miradas limpias son una de las características de su pintura. Y es una de las armas de seducción de “Fenotipo I”: los ojos apenas rodeados de arrugas, los pequeños labios entreabiertos, los lunares, las manchas en la piel…

A Edgar Mendoza le dijeron que “Fenotipo I” había ganado el 22 de febrero.

El concurso

Durante diciembre del 2013, la galería virtual Artelibre convocó al Concurso Internacional Modportrait, en colaboración con el Museo Europeo de Arte Moderno (MEAM) y con la Fundación de las Artes y los Artistas, que actualmente son dos de las principales entidades que promueven el arte realista e hiperrealista a nivel internacional.

El jurado estuvo integrado por distintos directores de galerías y artistas, como Carlos Muro, Iris Lázaro, Zhaoming Wu, Nancy Hoffman, y Don Eddy, entre otros.

Fenotipo I

“Fenotipo I” es un cuadro que pertenece a la producción realizada por el pintor durante 2012, y fue creado para la exposición de “Realismo” de la Galería Santiago Echeberria de Madrid. “El cuadro está ejecutado técnicamente con un estilo pictórico hiperrealista que implica largas y arduas jornadas de trabajo en las que se impone la paciencia, la concentración y en las que como pintor tienes que hacer uso de una técnica muy compleja”, explica.

“Fenotipo I” habla con el espectador, y ese es uno de los objetivos principales que tuvo Mendoza al pintarlo: “es un retrato psicológico que requería mostrar muchos detalles faciales a manera de un mapa existencial externo e interno del personaje, una personalidad que necesitaba expresarse”. Al cuadro lo rodea una atmósfera limpia que contrasta con un cabello rubio, unos ojos verdes, una lágrima en la mejilla izquierda, un rostro cargado de detalles “que intenta conversar con el espectador sobre sus sentimientos y emociones independientemente de su aspecto hiperreal”.

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Veinticinco

Hace tanto frío en Alaska…

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“Siempre te sentiste predestinada al estrellato de cualquier especie. Pero el temor a que eso quizá no fuera verdad no te dejaba tranquila. Temías no ser sino las clases que habías tomado, las escuelas a las que habías ido, los libros que habías leído, los idiomas que hablabas, tus becas, tu tesis de maestría sobre Borges y los escritores ingleses, etc. No ser alguien especial, con un talento propio. Estabas desesperada por tener algo que fuera sólo tuyo. Yo era sólo tuyo, pero eso no era a lo que te referías”.

“Di su nombre”, Francisco Goldman.

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De todas las vidas posibles

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Escribí esto cuando aún estaba en México y en ese momento, más allá de ser un trámite que al final decidí no realizar, me sirvió para aclarar mis ideas. Ahora, meses después, es un pedacito de esa niña -soñadora- a la que siempre me aferro. Los sueños me vuelven valiente, me impiden mirar atrás. Esta carta, que terminó siendo para mí, produce el mismo efecto.

La locura de Alonso Quijano

A los 17 años, convencida de que quería ser escritora, fui por primera vez al Coloquio Cervantino Internacional, en Guanajuato, México. Conocía a Cervantes de la misma manera que a Dickens o a Shakespeare, como resultado de haber crecido siendo ante todo lectora. Sabía quién era el Quijote. Sabía que quería estudiar letras porque amaba la literatura. Sabía del poder y alcance de las palabras, de la lengua española. Al menos, eso creía.

Una de las primeras ponencias que escuché fue “El Quijote y El Coloquio de los Perros. Origen inconsciente del psicoanálisis”, por Carlos Chávez. A grandes rasgos, Chávez hablaba sobre la manera en que Freud desarrolló el psicoanálisis basado en la lectura de dichas obras: por una parte, comprendió que Alonso Quijano “curó” su locura a fuerza de hablarla con Sancho; por otra, El Coloquio de los Perros tuvo una influencia tan grande en él, que intercambiaba cartas con Eduard Silberstein en donde adoptaban los nombres de Cipión y Berganza.

La ponencia cerraba así: “Don Quijote posee la sabiduría más profunda y los propósitos más nobles, porque, como escribió Luis Nueda: ‘cuando le domina la locura, su locura es la más sublime de las locuras, puesto que es la locura de sentirse redentor y amparador de todos los desvalidos, de todos los menesterosos, de todos los tristes y perseguidos. Y aunque esa locura, en su manifestación, no fuese, como es, la más divina, siempre sería, en su raíz, la más auténticamente humana. En síntesis, porque cuando Don Quijote cerró los ojos, la humanidad abrió los suyos, maravillada”.

El Teatro Juárez estalló en aplausos y yo, sentada en una de las filas centrales, lo comprendí todo. Supe que no quería estudiar letras sólo porque las amara, sino para tener la posibilidad de leer de una manera completamente diferente, de escribir no sólo de los mundos que habitaban mi cabeza, sino de explorar aquellos universos creados siglos antes de que yo naciera, leerlos para analizar lo maravillosamente pequeña que soy ante ellos, y contribuir con granitos de arena a su crecimiento eterno. Supe que Carlos Chávez y su visión del Quijote me habían hecho perder mi condición de lectora ingenua, y que intentar regresar sería un error.

De todas las vidas posibles, elegí la que las palabras me ofrecían. Estudié periodismo porque la literatura, en uno de sus caprichos, me permitió acercarme a historias que sólo podían contarse desde el rigor de la verdad, a personajes con un mundo tan particular que hubiera sido un error presentarlos desde la ficción. La literatura y el periodismo han encontrado cada uno su lugar, compartiendo recursos que me permiten experimentar en sus múltiples géneros, como parte de esa permanente y utópica búsqueda de “un estilo personal”.

El tiempo para estudiar comunicación terminó en diciembre de 2013. Nunca tuve duda alguna de que el siguiente paso era la literatura. Don Quijote y el Coloquio, los cervantistas españoles, alimentaron desde aquel 2008 la certeza de que hay muchos aprendizajes que sólo se alcanzan en comunión con los libros. Esta nueva etapa no es más que un paso que  me acerca a la posibilidad de, por primera vez, estudiar a autores españoles e hispanoamericanos que como Cervantes, quebraron mi estado de lectora inocente para prestarme toda su malicia, para leer y escribir hasta agotar mi curiosidad sobre el alcance de un libro en la cultura contemporánea, sobre la riqueza infinita de sus contenidos, y compartirla para que sus lecturas sean cada vez más múltiples.

Tenía 17 años cuando la locura de Alonso Quijano me alcanzó para sacudirme, y yo, como muchos antes de mí, abrí los ojos, maravillada. Nunca he mirado atrás.

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